Túnez, la capital del país del mismo nombre, es más que una ciudad un tesoro. Conocerla es descubrir un lugar sin el que es imposible entender los últimos 20 siglos del norte de África. Rodeada de grandes colinas, que parecen abrazarla, la ciudad ubicada en el Golfo de Túnez marca un antes y un después en los numerosos visitantes que recibe cada año.
Si hay una visita obligatoria una vez en ella, esa es a la Medina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es, quizá la más bella del mundo debido a los 700 monumentos que alberga y a sus pasadizos e interminables callejuelas. El comercio y el trueque en sus bazares es todo un arte. Entre los puntos de interés en ella destacan la Gran Mezquita Zitouna, el Palacio del Bey o el Palacio Dar Ben Abdallah, hoy Museo de Artes y Tradiciones Populares de Túnez.
La parte que se considera la ciudad moderna, lejos de la Medina, contiene interesantes edificios a lo largo de la gran avenida Bourguiba. El estilo colonial predominante sorprende y refleja los avatares de la ciudad durante la primera mitad del siglo XX.
Comer en Túnez es también toda una experiencia, dado la variedad de sus platos. Las especias reinan en innumerables platos, sobre todo de pescado y verduras. El dátil, que en todo el país tiene una calidad excepcional, se combina con vinos, licores y otras bebidas muy populares, como el té con menta o piñones.
Hasta el Parque Ennahli y el Museo nacional del Bardo, en las afueras de la ciudad, se puede acudir con comodidad en un coche de alquiler.
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